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Cuadernos de Compañero

Tarjeta Alimentaria

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A la Tarjeta Alimentaria se la puede ver como un ingreso más de las familias carenciadas, como una apuesta a su responsabilidad en la organización de sus recursos o como una búsqueda de las soluciones alimentarias individuales. Según la visión, su evaluación.

 

Esta tarjeta prepaga se comenzó a distribuir en la segunda mitad del 2006 y benefició a las 85.000 familias más pobres del país. Se calculan en 340.000 las personas que gozan de sus beneficios. Estos representan el 10% de la población. El monto varía según la cantidad de menores del hogar, su edad y la presencia de embarazadas. Hogares con un menor reciben 616 pesos, con dos menores 934 pesos, con tres menores 1188 pesos y con cuatro o más menores, 1656 pesos. Si hay menores de tres años o embarazadas hay una partida extra para leche fortificada. Los 15.000 hogares más pobres reciben esta partida duplicada. La tarjeta es para la compra de alimentos y artículos de higiene y limpieza. Se puede comprar con ella en unos 800 locales en todo el país. Artículos como cigarrillos, tabaco, alcohol y refrescos quedan prohibidos, existiendo sanciones transitorias o permanentes tanto para la familia como para el comercio. Esta es una política coordinada por el  Ministerio de Desarrollo Social (MIDES), Ministerio de Salud Pública (MSP), Instituto Nacional de Alimentación (INDA) y Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE).

Usos y costumbres

En enero del 2012 el INDA subió a su página web un informe que incluía información sobre el mal uso de la tarjeta. Dos días después fue retirado. El estudio observa dos aspectos fundamentales: la utilización de la tarjeta para alimentos no saludables y un monto de dinero no utilizado que alcanza el 17%. Del total gastado en alimentos, solo el 39% es saludable. El resto se gasta en galletitas, jugos en polvo, fiambres y embutidos. El informe entiende que se le debe prestar más atención a la buena nutrición de esta población con problemas de retraso en la talla, anemia y obesidad. Entienden que el Estado debe tener una política más amplia que no se limite a la transferencia de dinero. El MIDES retiró el informe por considerar que sus datos eran parciales y contaban con errores metodológicos.

El ministro Olesker tiene otra visión del tema. Afirma que sólo el 5.1% del monto se utiliza de forma indebida. Además entiende que no se debe hablar de alimentos adecuados e inadecuados, que la tarjeta es una herramienta para que la gente coma y también de integración social. Afirma que no se le puede pedir a la gente que está saliendo de la extrema pobreza que deje de comprar embutidos o galletitas.

 

Derechos y responsabilidades

La discusión en torno al control sobre el consumo de los beneficiarios no es nueva. Se repite con muchas similitudes con cada política que implique transferencias monetarias a los sectores más carenciados, como el Ingreso Ciudadano del Plan de Emergencia. Las restricciones que ya tienen los beneficiarios de la tarjeta son atendibles, pero la clasificación de los alimentos por parte del Estado entre “saludables” y “no recomendados” no deben ser más que sugerencias. Si existen personas que tienen tan pocos recursos para la seguridad alimenticia de su núcleo familiar que deben gastar el dinero de forma tan estricta, atendiendo solo el criterio de qué alimento tiene más propiedades, tenemos que poner el énfasis en lo insuficiente del monto dado y no en lo estratégico de la compra. Por lo tanto, la estimulación para una alimentación más saludable debe dirigirse por igual a toda la población. Hacerlo de forma focalizada en la pobreza es hacer una discriminación que no integra, además de estar alejada de la realidad. Dentro de la formación ciudadana debemos incorporar la educación para una buena alimentación, ya que nuestro cuerpo se construye con lo que ingiere y esto tiene una estrecha relación con la salud en un sentido amplio. En este marco la tarjeta es una herramienta más.

 

*Periodista